Mi bienestar personal depende de mi

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Los seres humanos más inteligentes que conocemos, y también los más raros y difíciles de encontrar, son aquellos que reconocen los problemas y las desdichas como algo que forma parte de la condición humana y no miden la felicidad por la ausencia de contrariedades.

Esas mismas personas, a las que podemos llamar “inteligentes emocionales”, son las que saben muy bien que los sentimientos no son simples emociones que nos suceden, sino que son reacciones que cada uno “elige” tener. Ello es muy importante y estimulante, ya que si somos dueños de nuestras propias emociones, que habitualmente lo somos, y las controlamos, podemos decir que tenemos el control de nuestra vida.

Cuando somos conscientes que se puede sentir lo que uno prefiere, en ese preciso momento se empieza a caminar por la verdadera senda del “bienestar“. Es un camino nuevo y diferente ya que somos conscientes de que cada emoción que tenemos es una opción y no una imposición frente a la que estaríamos desprotegidos y a la que sólo nos cabría la posibilidad de soportar.

Es la esencia misma de la libertad personal.

Un principio esencial del que debemos de partir es que la felicidad es una condición natural de la persona. Ello es evidente cuando se observa a los niños pequeños: son espontáneamente felices. Con el paso del tiempo y según el entorno que hayamos tenido las cosas cambian.

Conforme vamos madurando cada vez nos resulta mas difícil deshacerse de todos los “deberías” y “tendrías que”, que nos han ido acompañando desde el nacimiento. Cuando una persona se siente desgraciado, enfadado, herido o frustrado es porque así lo aprendió hace mucho tiempo. Tenga por seguro que desde que nacemos nos han inculcado determinados sentimientos, y en función de ellos viviremos y seremos más o menos felices el resto de nuestra vida.

Uno de esos pensamientos incrustados por la educación es la anticipación al futuro. Vivir el momento presente, esto es, ponernos en contacto con nuestro “ahora” constituye la clave de una vida positiva, además si lo pensamos bien no existe otro momento en el que se pueda vivir. El “ahora y el hoy” es todo lo que hay. El futuro es simplemente otro momento presente para ser vivido, pero cuando llegue. Si algo hay seguro es que no se puede vivir el futuro hasta que llegue realmente.

Evitar el presente es una enfermedad o, cuando menos una ligereza, en nuestra cultura. Continuamente se nos anima a sacrificar el presente por el futuro. Recordar, desear, esperar, lamentar y arrepentirse son las tácticas más usuales y más peligrosas para evadir el presente. Además la huida del presente conduce inexorablemente a idealizar el futuro y ello será otra nueva fuente de conflictos.

La gente que tiene éxito en la vida es aquella que va en busca cada día de las circunstancias que desea y cuando no las encuentra, se las fabrica. Para conseguirlo es esencial tener una buena autoestima, que nunca podrá ser construida por los demás. Tú vales en tanto en cuanto que así lo crees. Si dependes de los demás para valorarte, te conviertes un “esclavo emocional” al hacer que tu bienestar dependa de lo que no depende de ti, esto es, de las creencias y opiniones del otro.

El problema radica en que desde niño aprendimos que amarnos a nosotros mismos, algo natural en ese momento, era lo mismo que ser egoísta y consentido. Aprendimos también a pensar en los demás antes que en nosotros mismos, a darles a ellos mayor importancia porque de esa manera demostrábamos que éramos una “buenas” personas, sin darnos cuenta que el amor a los demás, está relacionado directamente con el amor que te tienes a ti mismo.

Si se estamos seguros de nosotros mismos y tenemos confianza en lo que pensamos, no necesitaremos que los demás nos den su aprobación o consentimiento. En ningún momento y en ninguna circunstancia es más sano odiarse que amarse. Incluso aunque hayamos tenido conductas inapropiadas o que nos desagraden. Odiarnos sólo nos llevará a la inmovilización, bloqueo y sufrimiento. Por eso es muy importante conseguir que la animadversión hacia nosotros la transformemos en sentimientos positivos; la equivocación y el error en lección y aprendizaje; habrá que hacer el propósito de no repetirlos, pero nunca asociarlos con nuestra autoestima o autovaloración.

El amor por uno mismo no tiene nada que ver con la EGOLATRÍA, es decir, comportamiento definido por la insistencia en decirle a todo el mundo lo maravilloso que es uno. Ése no es amor a uno mismo sino más bien una forma de tratar de conseguir la atención y el aprecio de los demás. Es una actitud tan anómala como la del individuo que está lleno de autodesprecio.

El comportamiento arrogante y jactancioso está frecuentemente motivado por el deseo de ganar el aprecio de los demás. Por eso detrás de la petulancia con mucha frecuencia hay sentimientos inferioridad, ya que el individuo se valora a sí mismo en base a lo que los demás ven en él. Sino fuera así, no sentiría la necesidad de convencer y persuadir a sus semejantes de su supuesta valía.

El amor autentico y saludable a uno mismo es aquel que no precisa el amor de los demás. No hay ninguna necesidad de convencer a los otros. Es suficiente contar con la propia aceptación interna. La autoestima no tiene nada que ver con los puntos de vista de los demás.

El pensamiento que necesitamos cambiar es aquel que dice: “Lo que tú piensas de mi es más importante que la opinión que tengo de mi mismo”. La búsqueda de la aprobación externa puede ser un deseo, incluso una conveniencia, pero nunca una necesidad. Cuando la búsqueda de aprobación se convierte en una necesidad, entregamos un parte de nosotros a los “otros” cuyo apoyo no es en ningún caso imprescindible.

Hay que partir de una realidad objetiva: Es imposible vivir en este mundo sin provocar la desaprobación de la gente, incluso a veces de forma notoria. Así es la humanidad y así es la vida. La necesidad patológica y enfermiza de aprobación se fundamenta en una sola suposición: “No confíes en ti mismo; confirma todo con otra persona primero”.

La felicidad constante y absoluta no existe, es imposible permanecer siempre en un estado de buen humor, estabilidad, impasibilidad y autoaceptación. No estamos hechos de esa “pasta”. Fluctuamos normalmente dentro de unos límites entre la felicidad y el sufrimiento. Hay que intentar conseguir que esas oscilaciones sean pequeñas, y para ello hay que controlar el proceso que nos hace felices o desgraciados. Para ello hay que controlar la interpretación que hacemos de lo que nos pasa. Ahí esta la clave y la esencia: interpretar los acontecimientos con la mayor objetivad y racionalidad posible.

“Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo
y no deseo en exceso lo que no tengo”.
Tolstoi

Dr. José Carlos Fuertes Rocañín
Psiquiatra
Director y profesor del Seminario Gestión de las emociones: Prevención del estrés laboral